~ La sumisión NO es ser utilizado, la sumisión es ser útil.

~ La sumisión NO es pensar de ti mismo que eres menos, la sumisión es pensar menos en ti mismo.

~ La sumisión NO es lo que te hacen a ti, la sumisión es lo que tú puedes hacer por ella.


martes, 12 de agosto de 2014

Una gladiadora casi femdom




Entre las mil y pico páginas de este libro sobre el imperio romano aparece un personaje que bien podría aprovecharse para una historia femdom. El libro en sí está entretenido, batallas aparte, que me salté porque me aburren soberanamente esas escenas de a ver quien la tiene más larga (la espada...). La cosa me emocionaba más cuando aparecía la intrépida luchadora. Por lo demás, hay sobre todo sumisión femenina, para variar, ejem. Una pena, porque habría sido un punto que todo un emperador poderoso fuese sumiso en la intimidad... Y eso que la dedicatoria prometía: “a las gladiadoras del siglo XXI”... que, como todo el mundo sabe, somos las Amas :P




La chica en cuestión, Alana, es una guerrera a la que venden como esclava y acaba convertida en gladiadora, pero lo que a mí me interesa es la relación que establece con otro gladiador, Marcio. Ya digo que la cosa se queda en cuatro escenas, pero en la imaginación no hay barreras para completarla como se quiera, así que como punto de partida no está mal.


Mientras me tomo la habitual (y merecida :P) pausa veraniega del blog aquí dejo algunos fragmentos para que no lloréis por mi ausencia y tal :P


-De acuerdo, por turnos. Pero por turnos para todo: el que quiera acostarse con la muchacha que vaya, la desarme y luego que haga con ella lo que quiera. Adelante, es solo una mujer con una espada, casi una niña.
El resto de legionarios retrocedió. Sexto avanzó hacia la muchacha. Lo hizo sonriendo al principio, hasta que cuando estuvo apenas a dos pasos aquella maldita dio un paso rápido hacia adelante y paseó su espada rozando los ojos del legionario. Sexto dio un par de pasos hacia atrás mientras que la humillación del resto de legionarios le hacía hervir la sangre.
-¡Zorra! ¡No sabes lo que has hecho! -dijo. Fueron sus últimas palabras. En cuanto se lanzó hacia delante, la muchacha, como una centella, se agachó, giró sobre sí misma y antes de que Sexto pudiera darse cuenta la espada de la joven asomaba por su garganta después de haber entrado por la parte posterior del cuello.
La empezaron a rodear. No pensaba dejarse forzar por ninguno de ellos. Antes se quitaría la vida, parecía la única forma de escapar, así que Alana levantó la espada, la giró en el aire y dirigió la punta contra su pecho.
-¡Ahora, por Júpiter! ¡O la muy imbécil se va a matar!
Se abalanzaron sobre ella varios legionarios y la redujeron, aunque sin poder evitar arañazos, mordiscos y patadas de todo tipo. Tardaron un buen rato en tenerla completamente inmóvil, atada con varias cuerdas. Para cuando consiguieron su objetivo, todos doloridos, ya nadie tenía ganas de acostarse con aquella maldita zorra. Lo mejor que se podía sacar de aquella jornada era un buen puñado de oro al venderla como esclava, si es que había alguien tan loco como para querer pagar dinero por aquella maldita fiera despiadada y terrible.


Una noche la joven gladiadora oyó un ruido extraño justo fuera de su pequeña celda. Fingió seguir dormida, pero asió con fuerza una pequeña daga que tenía en la mano derecha sobre la que apoyaba la larga melena de su pelo. Había alguien, y se aproximaba. Sintió la respiración de un hombre y se revolvió como una leona, acurrucándose contra la pared a la vez que esgrimía el puñal con violencia y rabia. No pensaba dejar que ninguno de aquellos animales la poseyera. No sin luchar.
-Soy yo -dijo una voz grave en voz baja-. No voy a hacerte nada.
El hombre se había detenido en el umbral, hacia el que había retrocedido tras el violento despertar de Alana. Al contraluz la muchacha no podía distinguir el rostro, pero aquella era la silueta inconfundible del musculado cuerpo de Marcio. Alana se relajó un poco. No quería yacer con nadie, pero, si la iban a violar, en el fondo se alegró de que fuera a ser aquel gladiador y no otro; al mismo tiempo, sin saber bien por qué, sintió pena. No había esperado eso de Marcio. El gladiador dio un paso y volvió a entrar en la pequeña celda. Alana seguía blandiendo el puñal. Marcio se sentó en el extremo opuesto del lecho. Ella observó que estaba desarmado. Eso la tranquilizó un poco, pero solo un poco. Marcio era diez veces más fuerte que ella y mil veces mejor luchador. Aquella daga se le antojaba una torpe protección.
-Quiero estar contigo -dijo Marcio, que no era hombre de andarse con rodeos. El gladiador observó que la muchacha no parecía entenderle. Se acercó despacio hasta ella, y le acarició un pie desnudo. Alana retiró el pie acurrucándose aún más contra la pared y cortó el aire con el puñal.
Marcio volvió a retirarse. Sabía que podía con ella, pero no era así como quería que fuera. Así no. No era con dolor como quería imponerse. Había visto la marca grabada a fuego en su frente y estaba seguro de que para marcarla la habrían tenido que sujetar entre varios hombres. Él era muy fuerte. Podía forzarla, sin embargo, Marcio, sin saberlo bien, buscaba otras sensaciones, pero aún era inexperto para desenvolverse bien en ese mundo extraño de sentimientos que Alana abría ante sus ojos. No, no quería usar la fuerza, pero era obstinado y no iba a dejarla sin insistir.
-Quiero estar contigo -repitió.
Alana negó con la cabeza.
-No puedo -dijo la muchacha.
Esa respuesta confundió a Marcio y la muchacha lo percibió, pero se sentía muy incómoda en latín.
-Una mujer guerrera. Matar a un guerrero. Un guerrero muerto, mujer sármata puede estar con un hombre. Si no ha matado, no. No puedo -mintió Alana, ocultando su enfrentamiento con la patrulla romana que la atrapó.
Marcio la miraba fijamente. Aquello era lo último que había esperado, pero de alguna forma tenía sentido. Ella era diferente a cualquier mujer que hubiera visto nunca. Era lógico que también fuera extraña en sus costumbres.
-Cuando mate un guerrero, un gladiador, entonces sí.
Marcio apoyó la espalda en la pared. Había oído comentar que Alana había matado a un legionario, pero decidió no entrar en una discusión. Ella le había ofrecido un pacto, una promesa.



(Llega el momento en que Alana se enfrenta a un gladiador. Marcio discute con su entrenador porque no es un combate justo.)
-No es justo, Marcio, pero aún así deberías estar agradecido. No tienes ni idea de cuál era la orden inicial del emperador.
-El emperador quería que Alana luchara contra mí.
-No soy tan cruel como crees, el emperador sí. Alana va a morir de todas formas pero no serás tú el que lo haga.
Marcio miró al suelo, apretó los puños, levantó su faz y habló con una solemnidad extraña.
-Alana habría tenido muchas más oportunidades de regresar viva luchando contra mí que combatiendo contra ese maldito luchador.
No dijo nada más; se limitó a dar media vuelta y alejarse en dirección a su celda. Marcio se habría dejado matar por aquella muchacha; se habría dejado matar.


El impacto fue tan brutal que Alana cayó de espaldas. El público empezó a abuchear: querían un combate largo.
Marcio había regresado a la sala consagrada a la diosa de los gladiadores. Se arrodilló ante aquella estatua e inclinó la cabeza humillándose.
-Seré tuyo siempre -musitaba Marcio entre dientes-. Volveré a la arena siempre que quieras, juro que regresaré y volveré a arrodillarme a tus pies, pero salva a Alana de este combate, sálvala...
La lucha se alargaba. Alana no lo dudó. Lanzó el puñal con la destreza de una guerrera que llevaba sangre de amazona auténtica en sus venas.

Marcio entró despacio en la celda. Se sentó cerca de ella, pero guardando las distancias. La muchacha sabía por qué venía Marcio y no se sentía con fuerzas para luchar, pero tampoco quería ceder. El gladiador se acercó un poco, pero solo un poco. La miraba como la miraba desde hacía días, semanas, meses.
-Ya has matado a un guerrero.
Alana sostenía la daga en su mano derecha. Marcio se acercó con cuidado. Ella asía el puñal con fuerza. Él acarició el pelo largo y fino de la muchacha. Alana tensó los músculos. La daga seguía en su mano. De pronto, para su sorpresa, Marcio se levantó y se dirigió a la puerta. Se detuvo en el umbral y se volvió para mirarla.
-Ya has matado a un guerrero. Me hiciste una promesa. Cuando tú quieras ya sabes donde está mi celda.
No dijo más y se marchó. Alana se quedó asiendo aún la daga, confusa por un mar de sensaciones extrañas.


Alana se levantó y salió al exterior. Todos dormían. Cruzó con sigilo la arena hasta llegar a la celda de Marcio. Al entrar, el perro de Marcio mostró los dientes, dispuesto a atacar, pero al oler la fragancia especial que desprendía Alana se calmó de inmediato y se limitó a lamerle la mano. Marcio seguía dormido. Alana se desnudó y se tumbó junto a aquel hombre. Sintió el calor de aquel cuerpo musculoso, recio y prieto. Marcio sintió algo, pero no reaccionó de forma violenta. Se volvió despacio y la vio allí, desnuda, nerviosa, respirando deprisa. Era aún más hermosa de lo que hubiera podido imaginar.
-Has venido antes de lo que esperaba. ¿Y la daga?
Alana se giró, estiró el brazo y cogió el pequeño puñal de entre su túnica desparramada por el suelo.
-Toma. Esta noche no la usaré.
Marcio cogió el puñal y lo dejó a los pies del lecho. Al volverse a recostar junto a Alana empezó a acariciar la piel suave y tersa de la joven.
-No me hagas daño -dijo Alana.
A Marcio le conmovió que la muchacha pareciera tener más miedo esa noche que en medio de la arena del anfiteatro combatiendo contra un gigante.
-No te haré daño. Nunca te haré daño.


Alana se llevó la mano a la espalda, sacó una daga con la velocidad del rayo y, antes de que el pretoriano pudiera reaccionar, este sintió que la frente le estallaba. Alana ya no miraba atrás. Cortó las cuerdas que sujetaban uno de los caballos, subió a él con la destreza de las amazonas del norte y apretó con los talones a la bestia. “Si tienes oportunidad, no lo dudes y escapa.” Eso le había dicho Marcio. “Corre y escapa”, había insistido él con una intensidad que le había conmovido. El animal relinchó y penetró al galope el vientre espeso de la noche que envolvía la ciudad. Sobre su lomo una amazona se alejaba de Roma llorando de rabia y dolor.



Marcio se acordó entonces de Alana y se sintió, por un breve momento, feliz. Feliz de que alguien escapara de todo aquello. La huida de la gladiadora era lo único que daba sentido a la muerte de su perro, a su propia muerte. Miró al cielo negro. Miles de estrellas. Cerró los ojos.
-Levántate -dijo una voz. Marcio no reaccionó. Pensaba que soñaba.
-Maldita sea. Levántate, Marcio, levántate.
Lo agarró por el brazo y tiró de él. Marcio abrió los ojos. Vio el majestuoso pelo largo de Alana.
-Levántate -volvió a decir la muchacha.
-Estoy mal -dijo Marcio por toda respuesta sin hacer intento alguno por levantarse. Pero Alana no era ni dócil ni fácil de persuadir. Nunca lo fue antes y no lo iba a ser ahora.
-Estás herido, los gladiadores siempre estamos heridos, así que ahora, maldita sea -Alana le pegó un puñetazo en el pecho a la vez que rompía a llorar-, ¡levántate o te juro que te mato yo misma con mi espada!
Marcio, aunque solo fuera por no recibir otro puñetazo, se incorporó hasta sentarse. Estaba algo mareado y débil, pero se miró las heridas. No parecían tan graves. Quizá estaba agotando de pensar en cómo seguir sobreviviendo un día más, una hora más, un instante más, pero Alana era joven y resuelta y no parecía tener todas esas preocupaciones. La veía allí, con su mirada felina oteando las sombras y solo veía a una guerrera despierta, atenta, preparada. La muchacha le ayudó a ponerse en pie.
-No llegaremos lejos -dijo Marcio.
-Llegaremos muy lejos -respondió ella-. Vamos, anda. -Le empujó-. Tengo el caballo allí mismo. Puede llevarnos a los dos lejos de aquí.
Alana consiguió que Marcio montara sobre el caballo. Ella era mucho mejor jinete, pero dejó que él fuera delante para que su mayor peso fuera sobre el centro del lomo del animal. Ella, ligera, ágil, se abrazó a Marcio por detrás, azuzó al animal con sus talones y el caballo empezó a trotar primero y a galopar después. Marcio sintió entonces el viento frío de la noche sobre su rostro y el calor palpitante del cuerpo de Alana abrazado a su espalda.


Las heridas de Marcio no fueron mortales pero le habían dejado demasiado débil y aquello ralentizó el viaje durante semanas. Una herida en su costado se infectó y eso les llevó a quedarse en unas cuevas. Alana cazó liebres y hasta un jabalí que cortó en pedazos y trajo en varios viajes al refugio. Marcio, con cada bocado de carne que le traía Alana, no podía evitar admirar cada vez más a aquella guerrera que no perdía nunca la decisión en su mirada. Desde que salieron de Roma algo había cambiado entre ellos: allí siempre había sido Marcio el que dirigía todo, el que tomaba las decisiones, pero en medio de aquella inmensidad Marcio se sintió perdido. Era cierto que sus heridas le tenían debilitado, pero no era eso. Ahora se recuperaba y su cuerpo volvía a ser el de antes, pero su cabeza estaba confusa. Marcio se dio cuenta de que, si no hubiera huido de Roma con Alana, hacía tiempo que le habrían capturado. De ella era siempre la decisión de qué ruta seguir. Alana, hermosa como era, podría haber engatusado a cualquier pretoriano y conseguir un salvoconducto para salir de la ciudad. Podría haberlo hecho y, sin embargo, Alana permaneció con él.


De pronto no era posible seguir el curso del río porque transcurría por un despiadado desfiladero por donde solo se podría navegar. Alana no sufrió ninguna decepción, sino que parecía feliz.
-Sígueme -le dijo, y Marcio vio como la muchacha se adentraba en la espesura y desaparecía. Apartó la maleza por donde ella se había desvanecido y entró en una enorme cueva.
-Vamos -insistió ella-. Al final suele haber barcas.
En efecto, al final de uno de los túneles, tal como había predicho ella, había una pequeña embarcación.
-¿Sabes nadar?
-No -respondió Marcio.
-Pues sube y no te caigas. Tan grande y tan torpe.
Y Marcio compartió que en gran medida ella llevaba razón: Marcio, el gran gladiador, no sabía nadar. Nunca le enseñó nadie.
-¿Es segura esta barca? -preguntó poco después, algo preocupado por el vaivén.
-No te preocupes, Marcio, he cruzado muchas veces, pronto estaremos en la otra orilla.
Como si fuera un niño, pese a sus músculos y su fuerza, el veterano gladiador preguntó con curiosidad infinita.
-¿Adónde vamos, Alana?
La gladiadora se sintió feliz de que le hiciese aquella pregunta.
-Vamos a casa, Marcio, vamos hacia la libertad.

***
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miércoles, 6 de agosto de 2014

Ya van 400.000 y no soy un hombre




Sé que es solo una cifra y que algunos van de paso buscando lo que no hay (porno, femdom estereotipado, etc), pero cada vez es más complicado sacar temas que no haya tocado ya así que me felicito por seguir en la brecha.


Para celebrarlo voy a salir un poco de las sombras y aprovecho para acallar voces de malpensados que no creen, los muy machistas, que una mujer pueda estar detrás de un blog que va más allá de hablar de lencería de cuero, caprichos y frivolidades varias en la línea de una Ama de porno-postal.


Así que como el pobre mocetón de la foto de cabecera lleva tiempo pensando que cambiaría gustoso unos lametones en la pierna de su compi por poder lamer el pie de la mujer que le da el privilegio de aparecer en primera fila de su blog, le he permitido por una vez que acerque su lengua, generosa que me pongo en los aniversarios.


Lo dicho, felicidades, para mí y para los que estáis ahí, sobre todo los que consideráis el blog algo casi tan especial como lo es para mí ;)